BIENVENIDOS

...Sirvan estas líneas a modo de homenaje y agradecimiento a cuantos se cruzaron en mi camino y me aportaron alguna porción de esa esencia de la vida, cuyo conjunto hizo y hace que ésta merezca la pena ser transitada, especialmente a aquellos cuya capacidad de disfrutar haciendo disfrutar a otros, admiro, venero y agradezco, cuyo afán por ello les deseo sea devuelto merecidamente día tras día.

BUSCA EN ESTE BLOG

jueves, 24 de enero de 2008

SUCESOS PERSONALES

Image and video hosting by TinyPic
Plena auto-observación íntima del Mí mismo, resulta inaplazable cuando se trata de descubrir estados psicológicos equivocados. Incuestionablemente los estados interiores equivocados pueden ser corregidos mediante procedimientos correctos.
Como quiera que la vida interior es el imán que atrae los eventos exteriores, necesitamos con urgencia máxima inaplazable, eliminar de nuestra psiquis los estados psicológicos erróneos.
Corregir estados psicológicos equivocados es indispensable cuando se quiera alterar fundamentalmente la naturaleza de ciertos eventos indeseables.
Alterar nuestra relación con determinados eventos, es posible si eliminamos de nuestro interior ciertos estados psicológicos absurdos.
Situaciones exteriores destructivas, podrían convertirse en inofensivas y hasta constructivas mediante la inteligente corrección de los estados interiores erróneos.
Uno puede cambiar la naturaleza de los eventos desagradables que nos ocurren, cuando se purifica íntimamente.
Quien jamás corrige los estados psicológicos absurdos, creyéndose muy fuerte se convierte en víctima de las circunstancias.
Poner orden en nuestra desordenada casa interior es vital, cuando se desea cambiar el curso de una desgraciada existencia.
Las gentes se quejan de todo, sufren, lloran, protestan, quisieran cambiar de vida, salir del infortunio en que se encuentran, desafortunadamente no trabajan sobre sí mismas.
No quieren darse cuenta las gentes que la vida interior atrae circunstancias exteriores y que si éstas son dolorosas se debe a los estados interiores absurdos.
Lo exterior es tan sólo el reflejo de lo interior, quien cambia interiormente origina un nuevo orden de cosas.
Los eventos exteriores jamás serían tan importantes, como el modo de reaccionar ante los mismos.
¿Permanecisteis sereno ante el insultador? ¿Recibisteis con agrado las manifestaciones desagradables de vuestros semejantes?
¿De que manera reaccionasteis ante la infidelidad del ser amado? ¿Te dejaste llevar por el veneno de los celos? ¿Mataste? ¿Estáis en la cárcel?
Los hospitales, los cementerios o panteones, las cárceles, están llenas de sinceros equivocados que reaccionaron en forma absurda ante los eventos exteriores.
La mejor arma que un hombre puede usar en la vida, es un estado Psicológico correcto.
Uno puede desarmar fieras y desenmascarar traidores, mediante estados interiores apropiados.
Los estado interiores equivocados nos convierten en víctimas indefensas de la perversidad humana.
Aprended a enfrentaros ante los sucesos más desagradables de la vida práctica con una actitud interior apropiada...
No os identifiquéis con ningún acontecimiento; recordad que todo pasa; aprended a ver la vida como una película y recibiréis los beneficios...
No olvidéis que acontecimientos sin ningún valor podrían llevaros a la desgracia, si no elimináis de vuestra psiquis los estados interiores equivocados.
Cada evento exterior necesita incuestionablemente el billete apropiado; es decir, el estado Psicológico preciso.

miércoles, 9 de enero de 2008

Zenobia, reina de Palmira, desafia a Roma


Era una mujer de tez aceitunada, dientes de color blanco perlado y ojos negros y brillantes. Era culta, y dominaba varios idiomas. De esta reina guerrera se dijo que era más inteligente que Cleopatra y quizá igual de hermosa. Por atreverse a levantarse contra la potencia mundial dominante de su día, desempeñó un papel profético en un drama de las Escrituras. Mucho tiempo después de su muerte, los escritores la loaron y los pintores la idealizaron. Un poeta del siglo XIX la describió así: “Mujer de cabellos oscuros, señora del desierto sirio”. Esta mujer tan celebrada fue Zenobia, la reina de la ciudad siria de Palmira. ¿Cómo consiguió renombre Zenobia? ¿Cuál era la situación política que le dio acceso al poder? ¿Qué se sabe de su carácter? ¿Y qué papel profético desempeñó esta reina? Veamos en primer lugar el escenario geográfico en el que sucedieron estos acontecimientos.

Una ciudad en los límites del desierto


Palmira, la ciudad de Zenobia, estaba a unos 210 kilómetros al noreste de Damasco, en el límite septentrional del desierto sirio, donde las montañas del Antilíbano descienden hacia la llanura. Esta ciudad oasis se encontraba a medio camino del mar Mediterráneo, al oeste, y el río Éufrates, al este. El rey Salomón posiblemente la conocía por el nombre de Tadmor, un lugar fundamental para la prosperidad de su reino por dos razones: por ser una guarnición que defendía la frontera norte y por ser un eslabón crucial de la cadena de ciudades donde paraban las caravanas. La historia no dice nada sobre Tadmor durante el milenio posterior al reinado de Salomón. Si la identificación con Palmira es correcta, empezó a adquirir relevancia cuando Siria se convirtió en una provincia de avanzada del Imperio romano, en 64 a.E.C. “Palmira fue importante para Roma en dos campos: el económico y el militar”, dice Richard Stoneman en su libro Palmyra and Its Empire—Zenobia’s Revolt Against Rome (Palmira y su imperio. La sublevación de Zenobia contra Roma). Dado que esta ciudad de palmeras estaba situada en una importante ruta comercial que conectaba Roma con Mesopotamia y el Oriente, por ella pasaban las riquezas comerciales del mundo antiguo: especias de las Indias orientales, seda de China y otros artículos de Persia, la Baja Mesopotamia y los países mediterráneos. Roma dependía de la importación de esos productos. Militarmente, la provincia de Siria servía de barrera entre Roma y Persia, potencias rivales. El río Éufrates separó Roma de su vecino oriental durante los primeros doscientos cincuenta años de nuestra era. Palmira estaba justamente al otro lado del desierto, al oeste de la ciudad de Dura-Europos, junto al río Éufrates. Reconociendo que su emplazamiento era de una importancia capital, los emperadores romanos Adriano y Valeriano visitaron Palmira. Adriano contribuyó a su esplendor arquitectónico e hizo muchos y generosos donativos. Valeriano recompensó a un noble palmiriano de nombre Odenato, el esposo de Zenobia, elevándolo, en el año 258 E.C., al rango de cónsul de Roma debido a sus campañas triunfales contra Persia y por haber extendido las fronteras del Imperio romano hasta Mesopotamia. Zenobia desempeñó un papel importante en el acceso de su esposo al poder. El historiador Edward Gibbon escribió: Los aciertos de Odenato fueron en gran parte debidos a tanta cordura y fortaleza de Zenobia. Mientras tanto, el rey persa Sapor decidió desafiar la supremacía de Roma e imponer su dominio sobre todas las antiguas provincias de Persia. Al frente de un formidable ejército, marchó hacia el oeste, capturó las plazas fuertes romanas de Nisibis y Carrhae (Harán) y pasó a saquear el norte de Siria y Cilicia. El emperador Valeriano dirigió personalmente sus tropas contra los atacantes, pero los persas lo derrotaron y lo capturaron. A Odenato le pareció oportuno enviar al monarca persa costosos regalos y un mensaje de paz. El rey Sapor ordenó altaneramente que arrojaran los presentes al Éufrates y exigió que Odenato se presentara ante él como cautivo suplicante. En respuesta, los palmiranos reunieron un ejército compuesto de nómadas del desierto y de los restos de las fuerzas romanas, y se pusieron a hostigar a los persas, entonces en retirada. Las fuerzas de Sapor, cansadas por la campaña y cargadas de despojos, no tenían manera de defenderse de los rápidos ataques y repliegues de los guerreros del desierto, y se vieron obligadas a huir. En reconocimiento de su victoria sobre Sapor, Galieno, hijo y sucesor de Valeriano, confirió a Odenato el título de corrector totius Orientis (jefe de todo el Oriente). Con el tiempo, Odenato se autoproclamó “rey de reyes”.


Zenobia aspira a crear un imperio


En el año 267, cuando se hallaba en la cúspide de su carrera, Odenato fue asesinado junto con su heredero, supuestamente por un sobrino vengativo. Zenobia asumió el puesto de su esposo, pues su hijo era muy joven. Esta mujer hermosa, ambiciosa, administradora capaz y políglota (dicen que hablaba siete idiomas), que además estaba habituada a salir de campaña con su difunto esposo, logró ganarse el respeto y el apoyo de sus súbditos, una proeza nada desdeñable entre los beduinos. Zenobia era amante del saber, por lo que se rodeó de intelectuales. Uno de sus consejeros fue el filósofo y retórico Casio Longino, de quien se decía que era “una biblioteca viviente y un museo andante”. El escritor Stoneman señala: “Durante los cinco años posteriores a la muerte de Odenato, Zenobia logró que su pueblo la viera como la señora del Oriente”. A un lado de los dominios de Zenobia estaba Persia, a la que su esposo y ella habían debilitado, y al otro se encontraba la decadente Roma. El historiador J. M. Roberts dice sobre las condiciones del Imperio romano en aquel entonces: “El siglo III fue una época terrible para Roma tanto en las fronteras orientales como en las occidentales, mientras que en el interior dio comienzo un nuevo período de guerras civiles y disputas sucesorias. Sin contar a los pretendientes, hubo veintidós emperadores”. La señora de Siria, por su parte, era una monarca absoluta bien asentada en su reino. “Al controlar la relación de fuerzas de dos imperios (el persa y el romano) —señala Stoneman—, podía aspirar a crear un tercero que dominara a ambos.” A Zenobia se le presentó la oportunidad de extender sus dominios reales en 269, cuando un pretendiente que disputaba el trono de Roma apareció en Egipto. El ejército de Zenobia marchó rápidamente a esa tierra, aplastó al rebelde y se apoderó del país. Zenobia se proclamó reina de Egipto y acuñó monedas con su nombre. Su reino se extendía entonces desde el Nilo hasta el Éufrates. En este momento de su vida, conquistó la mayor parte de Asia Menor. Zenobia fortificó y embelleció su capital, Palmira, hasta tal grado que rivalizaba con las mayores ciudades del mundo romano. Se calcula que su población superaba los ciento cincuenta mil habitantes. La ciudad estaba llena de espléndidos edificios públicos, templos, jardines, columnas y monumentos, y la rodeaban unas murallas que, según se decía, tenían 21 kilómetros de circunferencia. Flanqueaban la calle principal hileras de columnas corintias de más de 15 metros de altura, unas mil quinientas en total. Abundaban las estatuas y los bustos de los héroes y los benefactores ricos. En 271, Zenobia erigió un par de estatuas suyas y de su difunto esposo. Palmira brillaba como una piedra preciosa en las orillas del desierto. El Templo del Sol era uno de los mejores edificios de Palmira, y seguramente dominaba el escenario religioso de la ciudad. Es probable que Zenobia también adorara a una deidad relacionada con el dios sol. No obstante, la Siria del siglo III era una tierra de muchas religiones. En los dominios de Zenobia había cristianos de nombre, judíos, astrólogos y adoradores del sol y la luna. ¿Cómo veía la reina la pluralidad religiosa que había en su reino? Stoneman dice: “Un gobernante sabio no descuidaría ninguna costumbre que pareciera apropiada a su pueblo. Se confiaba en que los dioses se habían alineado con Palmira”. Al parecer, Zenobia era tolerante en el terreno religioso. Pero, ¿de verdad se habían “alineado con Palmira” los dioses? ¿Qué le esperaba a Palmira y a su ‘sabia gobernante’?


Un emperador ‘despierta su corazón’ contra Zenobia


En el año 270, Aureliano se convirtió en emperador de Roma. Sus legiones lograron repeler y castigar a los bárbaros del norte. En 271, Aureliano, que entonces Aureliano envió algunas de sus fuerzas directamente a Egipto y condujo al grueso de su ejército hacia el este a través de Asia Menor. Zenobia para la guerra contra Aureliano “con una fuerza militar sumamente grande” bajo dos generales: Zabdas y Zabbai (Daniel 11:25b). Pero Aureliano tomó Egipto y luego lanzó una expedición hacia Asia Menor y Siria. Zenobia fue derrotada en Emesa (actualmente Homs), y se retiró a Palmira. Cuando Aureliano sitió Palmira, Zenobia, confiando en conseguir ayuda, huyó con su hijo a Persia, pero los romanos la capturaron en el río Éufrates. Los palmiranos rindieron la ciudad en 272. Aureliano fue magnánimo con la población, se apoderó de una inmensa cantidad de despojos, incluido el ídolo del Templo del Sol, y partió para Roma. El emperador romano perdonó la vida a Zenobia y la convirtió en la principal atracción de su procesión triunfal por las calles de Roma en el año 274. Ella pasó el resto de sus días como una matrona romana.


Asolan la ciudad del desierto


Algunos meses después que Aureliano tomó Palmira, sus habitantes asesinaron a la guarnición romana que el emperador había dejado en la ciudad. Cuando las noticias de la revuelta llegaron a oídos de Aureliano, ordenó de inmediato a los soldados volver sobre sus pasos, y en esa ocasión su venganza sobre la población fue terrible. Los que escaparon de la despiadada matanza fueron hechos esclavos. La orgullosa ciudad fue saqueada y asolada por completo. De ese modo, la bulliciosa metrópoli quedó reducida a su anterior estado: “Tadmor en el desierto”. Zenobia se ganó la admiración de muchas personas gracias a su llamativa personalidad. Palmira, la capital de su reino, no es hoy más que un pueblo.


EL LEGADO DE ZENOBIA


Cuando el emperador Aureliano regresó a Roma tras derrotar a Zenobia, la reina de Palmira, construyó un templo al sol. En él colocó las estatuas del dios sol que se había llevado de la ciudad de Palmira. La revista History Today dice lo siguiente sobre lo que ocurrió después: “La acción de Aureliano que mayor repercusión tuvo tal vez fue la instauración, en el año 274 d. de C., de la fiesta anual del sol, que caía en el solsticio de invierno, el 25 de diciembre. Cuando el imperio se hizo cristiano, el nacimiento de Cristo se transfirió a esa fecha para que las personas a las que les gustaban las fiestas antiguas encontraran más aceptable la nueva religión. Es curioso pensar que en última instancia es a la emperatriz Zenobia a quien se debe el que la gente celebre la Navidad”.

El Imperio de los dragones, de Valerio Massimo Manfredi




Épica, exótica y apasionada, esta aventura en clave de ficción histórica narra las peripecias de un grupo de soldados romanos que huyendo de los persas llega hasta el Imperio de los Dragones, la China del siglo III. Allí su protagonista, Metellus, descubrirá un reino milenario, de deslumbrante belleza, a unos guerreros que luchan de un modo muy extraño y parecen tener poderes mágicos, y a la joven Yu Chang, de quien se enarmorará perdidamente. Basada en un episodio real de la historia romana poco conocido: un grupo de soldados romanos que llegaron a China. Tiene todo el atractivo de las películas chinas que están de moda: paisajes exóticos y bellísimos, guerreros con poderes casi sobrenaturales y una historia de amor precisosa pero que no tiene futuro.

martes, 1 de enero de 2008

Vasco da Gama


Nacionalidad: Portugal

Sines 1469 h. - Cochín (India) 1524

Navegante

Miembro de una noble familia, Vasco da Gama se interesó desde su juventud por la vida marinera. Sus primeros viajes los realizó a la costa oeste de Africa, demostrando sus cualidades desde el primer momento. Comandó una expedición a la India -integrada por tres naves y 160 hombres- que partió de Belém en julio de 1497. El 22 de noviembre doblaron el cabo de Buena Esperanza y en la Navidad fondeaban en la costa sudafricana. Los árabes establecidos en las costas de Mozambique y Kenya atacaron las naves portuguesas pero la expedición continuó su avance por el Indico, llegando a Culicut -en las costas indias de Malabar- en abril de 1498. El retorno se inició un mes después, haciendo escala en Mogadiscio y alcanzando las Azores, tras doblar otra vez el cabo de Buena Esperanza. El rey Manuel I recibió a la expedición con grandes honores en Lisboa (septiembre de 1498) y nombró a Vasco de Gama gran almirante de las Indias, Persia y Arabia. Una segunda expedición le otorgaría el título de conde de Vidigueira, consolidando de esta manera el dominio lusitano en estos territorios. La severidad con la que trató Vasco da Gama a los nativos no gustó en Portugal por lo que el navegante cayó en desgracia hasta que fue nombrado virrey de la India, cargo que ocupó hasta su muerte.





viernes, 14 de diciembre de 2007

BIZANCIO


En el año 657 a.C. un grupo de colonos procedentes de la ciudad griega de Megara alcanzaron las riberas del Bósforo y, dándose cuenta de su privilegiada situación geográfica, fundaron una ciudad a la que llamaron Bizancio, honrando así a Bizas, su mítico fundador y uno de sus reyes. Casi mil años más tarde, sobre los cimientos de esta antigua colonia griega -que había jugado un rol histórico secundario hasta entonces-, se funda la Nueva Roma, o Constantinopla, recordando a Constantino el Grande (305-337), su ilustre fundador, ciudad llamada a ser la capital de uno de los imperios más originales de la Historia y cuyo influjo se hizo sentir notablemente sobre las tres civilizaciones del Mediterráneo: la Cristiana Ortodoxa -que nombramos en primer lugar por ser heredera directa de Bizancio-, la Cristiana Occidental, y la Islámica. El Imperio Bizantino es una de las pocas formas políticas de su tipo con fecha de fundación precisa: el 11 de mayo del 330 d.C. Conocemos también con exactitud la fecha de su fin: 29 de mayo de 1453. Durante la mayor parte de esos 1123 años el Imperio Bizantino mantuvo su preeminencia como el "estado" más importante del Mediterráneo, llegando a configurar una identidad propia, una verdadera "nacionalidad bizantina", cuyos pilares eran una lengua común a todo el Imperio, el griego; una cultura propia que aglutinaba no sólo a griegos, sino también a armenios, anatolios, sirios y palestinos y, más tarde, eslavos; y,lo que proporcionó cohesión a este mundo, una religión común, el cristianismo, que adquiere características cada vez más distintivas frente al cristianismo católico occidental. Este mundo bizantino se presenta ante nuestros ojos como la maduración de la Civilización Grecorromana, pues supo añadir la unidad religiosa y cultural a la unidad política.

Los fundamentos de la Civilización Bizantina son:
a) Lo Helenístico, esto es, el helenismo parcialmente orientalizado, que se había extendido por gran parte del mundo Mediterráneo tras las conquistas de Alejandro Magno. Tan importante es este pasado que el cronista Miguel el Sirio (s. XII) dirá que el Imperio de Constantinopla, que para él comienza con el reinado de Tiberio a fines del siglo VI, es el Segundo Imperio griego, continuación del primero, identificado con los antiguos reinos helenísticos.
b) Lo Romano, ya que el Imperio de Bizancio es la continuación del Imperio Romano, y a éste debe gran parte de su organización política, administrativa, militar y financiera. Los bizantinos siempre se llamarán a sí mismos "romanos" -el término "heleno", hasta el siglo X, es sinónimo de "pagano"-, y el emperador será el "Basileus ton Romeion", es decir, "emperador de los romanos". Tales denominaciones se seguirán empleando aun en aquellas épocas en que el dominio del griego es total.
c) El Cristianismo, sin el cual es imposible comprender el espíritu bizantino. La religión se vivía entonces con una intensidad y un misticismo prácticamente incomprensibles actualmente, lo que explica muchos rasgos de la Civilización Bizantina que parecen chocantes hoy en día a una humanidad que ha confinado a un rincón marginal de su existencia la experiencia de lo sagrado. Bizancio, y esto constituye su genio, según Dionisios Zakythinós, supo llevar a cabo una síntesis entre lo helenístico, lo romano y lo cristiano; ello, por ejemplo, moderó las formas despóticas y absolutistas propias del Oriente. Este helenismo cristianizado se tornará cada vez más "bizantino". Lo cristiano estará siempre presente; en cuanto a los otros dos factores, predominará uno u otro según el período que se estudie. En esta oportunidad nos interesa detenernos en el ancestro helénico, para comprender por qué se puede hablar, con propiedad, de "Imperio Griego de Bizancio", de "Civilización Greco Bizantina", o de "Imperio griego Medieval".

En las etapas llamadas "Protobizantina" y de "Transición Latino-Griega", esto es, entre los siglos IV y VII, que marcan el fin del imperio Romano como tal y el comienzo del Imperio Bizantino, se da un proceso por el cual, de forma cada vez más acentuada, se abandona el ancestro romano para asumir una forma y un contenido cada vez más griegos. Ya la división del Imperio Romano en Occidente y Oriente, llevada a cabo por Teodosio I en 395, daba cuenta del reconocimiento de dos ámbitos culturales, uno latino y el otro griego, y desde esta época se estará frente a dos historias distintas y particulares. Mientras la Parte Occidental del Imperio sucumbe ante las acometidas bárbaras -ruralizándose, empobreciéndose y atomizándose-, la Parte Oriental logra sobrevivir -mérito suficiente para quedar en las páginas de la Historia- todo un milenio, conservando una rica vida urbana, una amplia circulación monetaria y un poder central vigoroso y consciente de su misión histórica: llevar a los pueblos bárbaros la luz de la Civilización Cristiana.
Justiniano (527-565), con justicia llamado "el Grande", es el "último" emperador romano y el "primero" del Imperio Bizantino. Fue bajo sus auspicios que se construyó la iglesia más grande, hasta entonces, de la cristiandad: la catedral de Hagia Sophia, dedicada a la Santa Sabiduría que debe iluminar al Imperio, y que hoy sigue en pie desafiando el paso de los siglos, testimonio inigualable del espíritu bizantino, verdadera joya arquitectónica y artística, decorada con hermosos mosaicos que aún conmueven interiormente a quien los contempla, y coronada con una majestuosa cúpula de treinta metros de diámetro que, al decir de los contemporáneos, parece estar suspendida en el aire. Los enviados del príncipe Vladimir de Kiev, en el año 988, nos legaron la siguiente impresión de la megalé eklesia (gran iglesia): "Los griegos nos condujeron a sus edificios donde honran a Dios, y no sabíamos si nos encontrábamos en el cielo o en la tierra, ya que en la tierra no hay tanto esplendor ni belleza y no sabemos cómo describirlo. Sólo sabemos que Dios habita allí entre los hombres y que su culto es más bello que las ceremonias de otras naciones. Nos será imposible olvidar tanta belleza".
Con Justiniano se cierra prácticamente el "ciclo latino" y triunfan las tendencias helenizantes. Por un lado, fiel a la tradición romana, se lanza a la aventura de reconquistar para el Imperio el Mediterráneo, empresa que no tuvo resultados duraderos y después de la cual Bizancio concentrará sus energías en el Oriente. Por otra parte, bajo su mandato se realiza una hercúlea labor de recopilación del Derecho Romano, el Corpus Iuris Civilis, en latín; sin embargo, es en su época cuando se comienza a legislar en griego, de más fácil comprensión puesto que era la lengua corriente en el Imperio. El patriotismo romano, así, cede ante el patriotismo griego, ya que es el griego, ahora, la "patrios foné", la lengua patria. El predominio de la lengua helénica en el oriente bizantino permitirá la comunicación fluida con el pasado helénico clásico y con la patrística cristiana que, como se aprecia en los escritos de San Basilio Magno o de Gregorio Nacianceno, se había nutrido del pensamiento filosófico griego. Efectivamente, la lógica aristotélica fue puesta al servicio del pensamiento teológico, convirtiéndose en la más estudiada por los teólogos bizantinos. Este contacto con el pasado clásico se mantendrá siempre en el Imperio, y puede decirse que el helenismo bizantino es a la Edad Media lo que el helenismo clásico es a la Antigüedad.
Se debe a Teodosio II (408-450), en 425, aunque existía ya una Escuela fundada por Constantino, la creación de la llamada "Universidad" de Constantinopla -en Occidente habrá que esperar siete siglos (!) para ver algo similar-, destinada a formar funcionarios idóneos para el Imperio; esta institución era, en palabras de Charles Diehl, "un admirable seminario de la cultura antigua". Rápidamente se impuso el griego como lengua de la enseñanza. Allí se realizaban estudios de gramática, retórica, dialéctica, derecho, filosofía, aritmética, música, geometría, medicina y física. Existían, además, otras Escuelas de Estudios Superiores en el Imperio, como las de Antioquía y Edessa, dedicadas especialmente a los estudios de teología; la de Beiruth, donde se estudiaba el derecho; las de Alejandría y Atenas, verdaderas capitales de la filosofía. Si bien esta última fue clausurada en el año 529 por un Decreto Imperial -a fin de terminar con la enseñanza pagana-, la filosofía griega continuó estudiándose en Bizancio, como algo propio y necesario, incluso por hombres de Iglesia. La importancia de la "Universidad" de Constantinopla queda de manifiesto al evocar la figura del armenio Mesrop (s.IV-V), quien aprendió el griego y la cultura helénica en sus aulas para después crear un alfabeto armenio que le permitiera traducir obras griegas a su lengua materna. La literatura armenia, pues, tiene su origen en esta institución de estudios superiores.
También en los niños la educación era esencialmente helénica. A los seis años se iniciaban los cursos de gramática griega leyendo y comentando a los clásicos; entre estos, se atribuía primerísima importancia a Homero, cuyos versos eran aprendidos de memoria. Miguel Psellós (s.XI), uno de los pensadores más importantes de la historia bizantina, se jactaba diciendo que a los catorce años podía recitar la Ilíada de memoria. A pesar de la distancia temporal, Homero sigue siendo "el educador de la Hélade", pues Bizancio es parte y continuación natural de ella. Pero, junto a Homero, no hay que olvidar la Biblia, también aprendida de memoria; en ella los cristianos encontraban enseñanzas morales, toda una filosofía de vida y, lo que explica algunos episodios decisivos de la Historia del Imperio, una respuesta trascendente frente a un mundo que en muchas ocasiones mostraba en forma dramática su caducidad. Es el espíritu cristiano -que se nutre de las Escrituras- el que esculpirá el ser histórico bizantino.
En esta primera época se destacan figuras de gran valor intelectual, como, por ejemplo, el neoplatónico Synésios de Cirene; el patriarca Juan Crisóstomo, destacado orador -su nombre significa "boca de oro"-, que escribe en un griego casi clásico; la emperatriz Athenais-Eudoxia, humanista y poeta, entre otros. Entre los últimos representantes de este brillante período no se puede dejar de nombrar al patriarca Sergio, en el siglo VII, quien estudió la historia y la filosofía antiguas estableciendo una relación de continuidad entre la época clásica y la suya. Todos ellos -y muchos otros- estudiaron las obras griegas antiguas, se preocuparon de escribir como sus antiguos maestros y, hecho de gran relevancia, comenzaron en Bizancio la labor de recopilación y copia de los manuscritos antiguos, conservando y difundiendo la herencia helénica.
Al finalizar este período, a principios del siglo VII, ya estamos frente a un Imperio griego y cristiano, hecho que quedó plasmado en el título imperial que adoptó en 629 el emperador Heraclio (610-641): "Basiléus Roméion Pistós en Christo", "Emperador de los Romanos fiel en Cristo". Podemos decir, recogiedo palabras de D. Zakythinós, que aún quedará parte de "la tradición romana, sí, pero enriquecida por la experiencia helenística, humanizada por la concepción griega de la dignidad humana y su noción del bien común, y temperada por el cristianismo".

Entre los siglos VII y IX se produce la llamada "Gran Brecha del Helenismo", abismo que separa dos paisajes históricos bien definidos. Es el fin de una era que, para los griegos, se remonta, sin interrupción, hasta la Antigüedad Clásica. En Grecia, durante dos siglos, entre 650 y 850, la vida se empobrece y la actividad intelectual parece detenerse. Unos graffitis de poco valor escritos en el Parthenón de Atenas constituyen la única fuente escrita del período. Es una verdadera "edad oscura", cuyos orígenes están relacionados con las invasiones ávaro-eslavas y búlgaras, que convulsionan la vida en los Balcanes. Pero también hay que buscar la explicación en un fenómeno más global: la crisis mediterránea, a escala "mundial", provocada por el ascenso del poderío musulmán. Pareciese que, en la misma Grecia, el helenismo ha declinado hasta la agonía. Bizancio, por su parte, no presenta un cuadro mucho más alentador: entre los siglos VII y VIII -aun cuando sabemos que, hacia el 680, Teodoro de Tarsos llega a Inglaterra portando manuscritos de varios autores griegos, entre ellos Homero, Flavio Josefo y Juan Crisóstomo, fundamento de un futuro despertar intelectual inglés- decaen notoriamente la instrucción pública y la actividad intelectual. El Imperio se enfrenta, en el occidente, a eslavos, ávaros y búlgaros, quienes se han adueñado de los Balcanes interrumpiendo de esta manera las comunicaciones con el Occidente Latino. En el oriente, Siria y Palestina, así como el norte de Africa, han caído en manos musulmanas. El Imperio queda reducido, prácticamente, al área tradicionalmente griega del Mediterráneo Oriental, lo que reforzará su caracter helénico.
A esta crisis exterior se suma otra interior, que conmocionó al Imperio por más de un siglo (726-843): la Querella de las Imágenes. La iconoclasia se nos presenta como la arremetida de las tendencias orientalizantes en contra no sólo del helenismo clásico y su aprecio por la belleza artística, sino también de una profunda convicción de los cristianos que ven en las imágenes (íconos) un medio para acercarse a lo Trascendente. En efecto, el arte bizantino no tiene como fin el mero goce estético, sensual, sino que debe producir una conmoción que eleve el alma hacia Dios: "per visibilia ad invisibilia", de los visible y corpóreo, hacia lo invisible e incorpóreo, decía el Pseudo Dionisio Areopagita. En la defensa de la veneración de los íconos los bizantinos se jugaban, pues, la Salvación de sus almas, y es ésto lo que explica la férrea disposición que manifestaron al defender sus creencias. El triunfo de los iconodulos, veneradores de imágenes, en 843 -la Fiesta de la Ortodoxia, verdadera efeméride nacional bizantina-, marca también el triunfo del helenismo cristianizado.

La "Gran Brecha" es un período crítico del cual Bizancio emergerá poderoso y revitalizado militar, política y culturalmente. Constantinopla es ahora una verdadera "reserva" del helenismo, y su población, totalmente griega, será ocupada en la repoblación de la reconquistada Grecia: en efecto, Bizancio salvó el helenismo incluso en la misma península balcánica, gracias aque había sabido apreciar y atesorar, conservándola vigente, la herencia griega. Es éste, sin duda, uno de los grandes aportes de la Civilización Bizantina a la Historia Universal.
Entre los años 850 y 1050 se vive en el Imperio un verdadero florecimiento intelectual -es el llamado "Renacimiento Macedonio"- en torno a los estudios clásicos. Un hito importante en este proceso lo constituye la reorganización de la Universidad de Constantinopla, obra del César Bardas, a mediados del siglo IX. En esta época se habla y se escribe en el Imperio un griego excelente, y en los siglos XI y XII en una forma muy próxima al clásico.
Sin duda que una de las figuras más destacadas de este período es la del patriarca Focio, tristemente célebre por el cisma eclesiástico que protagonizó. Su legado más importante lo constituye una obra conocida como la Biblioteca, selección y comentario de 279 obras, entre las cuales se cuentan autores griegos clásicos, helenísticos y cristianos. Focio prestó un gran servicio a la posteridad, ya que muchas obras de la Antigüedad las conocemos hoy sólo gracias a la preocupación del patriarca; hay que tener presente que tal repertorio bibliográfico es apenas un "botón de muestra" de los escritos conocidos y estudiados en la época. Otro libro de Focio, en el que demuestra su preocupación por la lengua helénica, es un diccionario etimológico, el Lexicon. Focio es, en verdad, el hombre que, después de la interrupción iconoclasta, supo ligar fuertemente y en forma definitiva a Bizancio con la Grecia clásica.
Al recordar a los grandes humanistas bizantinos, no se puede dejar de nombrar a Constantino VII Porphyrogénito, de mediados del siglo X, quien, si bien no fue un buen emperador, sí fue un intelectual de gran valor. Gracias a su obra Sobre las Ceremonias, conocemos en detalle el fastuoso ceremonial de la Corte de Constantinopla; en Sobre los Themas (provincias bizantinas) encontramos una excelente exposición y descripción de las provincias imperiales, involucrando geografía e historia; quizá su obra más relevante sea el De Administrando Imperio, dedicada a su hijo, un verdadero manual acerca de cómo debe dirigirse el Imperio, con una interesante descripción de sus pueblos vecinos y recomendaciones que el emperador debe seguir al entrar en relación con cada uno de ellos. Constantino VII se rodeó de una corte de sabios, destacándose como uno de los pocos casos de mecenas en la Edad Media.
Durante el siglo X se estudió con ahínco la filosofía aristotélica, platónica y neoplatónica. Del Oriente musulmán Abásida, donde en esta época se persigue a los cultores de la filosofía helénica, llegan a Constantinopla muchos sabios cargando con valiosos manuscritos, que se remontan a antiguas bibliotecas romanas, o que llegaron a Persia junto con la migración de maestros atenienses poco después de la clausura de la Escuela de Atenas. Esta verdadera migración de intelectuales que renuevan los estudios en Bizancio, es una prefiguración de lo que ocurrirá en Italia cuatro o cinco siglos más tarde. Bizancio ha logrado un equilibrio en esta época: se estudia el legado clásico y helenístico, utilizando términos y terminologías clásicas, pero ajustándolas a su atmósfera cristiana.

Aunque en crisis desde el siglo XI (podemos tomar como hitos el 1054, año del cisma religioso, o el 1071, el desastre bélico de Mantzikert, o los años que corren entre 1060 y 1090, cuando se produce la primera gran devaluación monetaria después de ocho siglos de estabilidad económica, hecho inédito en la Historia), y más profundamente desde el siglo XIII (cuando la Capital, en 1204, es ocupada y saqueada por los Cruzados, desmembrándose el Imperio), la actividad intelectual no se detiene: Ana Comnena y su Alexíada, el filósofo Manuel Psellós, o los tratados políticos de Nicéforo Blemmydes, dan buena cuenta de ello.
Finalmente, en los siglos XIII y XIV se vuelven a estudiar los autores clásicos y cristianos con renovado vigor, tal vez debido a que se tuvo conciencia del desastre que se aproximaba, de modo que se buscaba intensamente, frente a los tiempos adversos, un consuelo en aquel pasado esplendoroso, buscando allí las respuestas para las dramáticas interrogantes del momento. Sabios bizantinos de renombre, como Crisolaras o Gemistus Plethon, emigraron a Italia impulsando allí los estudios clásicos, primeros pasos del Renacimiento Occidental de los siglos XIV, XV y XVI, mientras que otros sabios griegos fueron acogidos en diversas cortes occidentales. No fue este el único servicio que el Imperio prestó a la Civilización Occidental: protegió a Europa, durante mil años, de las acometidas de las hordas bárbaras del Asia, dando tiempo al Occidente para organizarse. Bizancio, pues, defendió y civilizó en parte a la Civilización Cristiana occidental.
De esta época data también uno de los monumentos artísticos más impresionantes de Bizancio: la iglesia de San Salvador in Chora, verdadero relicario donde se guardaba el ícono milagroso de la Panagia Hodigitria, atribuido al apóstol san Lucas. Los mosaicos y pinturas de esta iglesia constituyen uno de los más egregios testimonios del arte bizantino, por la solidez conceptual de su programa iconográfico, su fino acabado artístico y la exposición clara de las tendencias clásicas del llamado "Renacimiento Paleólogo"; es uno de los más logrados y famosos monumentos de Constantinopla, y una de las galerías de arte más interesantes del mundo.
También el mundo musulmán recibió el legado bizantino. Ya hicimos notar que en 529 muchos intelectuales griegos emigraron a Persia, que poco más de un siglo después caería bajo dominio islámico. Avicena o Averroes, connotados estudiosos de la filosofía griega, especialmente de Aristóteles, deben a Bizancio el conocimiento de ella; este contacto con el mundo clásico llegará también a Occidente a través de la España musulmana. Los bizantinos estudiaron las matemáticas, pero su complicado e imperfecto sistema numérico no les permitió realizar grandes avances en dicha ciencia; los musulmanes recibieron esta herencia y la perfeccionaron magistralmente, pero no hay que olvidar que, en principio, recibieron este saber de manos bizantinas. Finalmente, recordemos que la arquitectura, religiosa o civil, del Oriente Islámico, fue en gran parte obra de arquitectos y artesanos bizantinos: de hecho, Bagdad, casi completa, fue levantada por éstos. Que los musulmanes hayan transitado desde una ruda cultura hasta una refinada civilización lo deben, en gran medida, al influjo bizantino.
La entrada de los eslavos en la Historia Universal es, también, obra de bizantinos, quienes los evangelizaron y civilizaron. Es durante la época de Focio cuando la expansión misionera de Bizancio se encuentra en su cúspide. En aquel tiempo, dos hermanos, Cirilo y Metodio, crean un alfabeto, el glagolítico -origen del actual alfabeto cirílico-, para traducir a la lengua eslava las Sagradas Escrituras. Serbios, búlgaros y rusos, principalmente, aunque también moravos e incluso croatas en un primer momento, recibirán el bautismo de manos de sacerdotes griegos, y cada uno de estos pueblos gozará de un privilegio que no existirá en Occidente hasta nuestro siglo: la liturgia en lengua vernácula. A la traducción de escritos religiosos siguió pronto la de obras profanas, integrándose las naciones eslavas a la cultura greco-bizantina. Los pueblos eslavos, así, deben a Bizancio, específicamente a Cirilo y Metodio -así como también a los desvelos del patriarca Focio y al apoyo del emperador Miguel III- su tradición literaria. Pero no sólo la religión y la literatura: recibieron de los bizantinos el Derecho, las formas de organización política, el pensamiento filosófico, la arquitectura y el arte. En resumen, Bizancio evangelizó y civilizó en forma completa y total a los pueblos eslavos, quienes, incluso, ampliaron el área de influencia bizantina: los búlgaros transmitieron este legado a los válacos -ancestros de los rumanos-, mientras que los rusos se lo enseñaron a los lituanos.

En 1453 circulaba una leyenda en Constantinopla: el último emperador se convertirá en una estatua de mármol que, por la Gracia de Dios, recobrará la vida cuando el mal haya pasado, para conducir a su pueblo, triunfalmente, ante el Juez Supremo. Sin poder salvar el Imperio, pues, se salva la imagen providencial del emperador. Esta fuerza mística va a ser rescatada por los pueblos herederos de Bizancio: los rusos formularán la doctrina de una verdadera translatio imperii, según la cual Moscú es la Tercera Roma, heredera legítima del Imperio Romano. Los griegos, por su parte, para quienes la historia de Bizancio es su propia historia, recordarán al Imperio en la época de su independencia, recuerdo que es admiración por el pasado y esperanza en el futuro.

ESTADOS EQUIVOCADOS


Incuestionablemente en la rigurosa observación del mí mismo, resulta siempre impostergable e inaplazable hacer una completa diferenciación lógica en relación con los acontecimientos exteriores de la vida práctica y los estados íntimos de la conciencia.
Necesitamos con urgencia saber donde estamos situados en un momento dado, tanto en relación con el estado íntimo de la conciencia, como en la naturaleza específica del acontecimiento exterior que nos está sucediendo.
La vida en sí misma es una serie de acontecimientos que se procesan a través del tiempo y del espacio...
Alguien dijo: «La vida es una cadena de martirios que lleva el hombre enredada en el Alma»...
Cada cual es muy libre de pensar como quiera; Yo creo que a los efímeros placeres de un instante fugaz, le suceden siempre el desencanto y la amargura...
Cada acontecimiento tiene su sabor característico especial y los estados interiores son asimismo de distinta clase; esto es incontrovertible, irrefutable...
Ciertamente el trabajo interior sobre sí mismo se refiere en forma enfática a los diversos estados psicológicos de la conciencia. Nadie podría negar que en nuestro interior cargamos con muchos errores y que existen estados equivocados...
Si de verdad queremos cambiar realmente, necesitamos con urgencia máxima e inaplazable, modificar radicalmente esos estados equivocados de la conciencia...
La modificación absoluta de los estados equivocados, origina transformaciones completas en el terreno de la vida práctica...
Cuando uno trabaja seriamente sobre los estados equivocados, obviamente los sucesos desagradables de la vida, ya no pueden herirle tan fácilmente...
Estamos diciendo algo que sólo es posible comprenderlo vivenciándolo, sintiéndolo realmente en el terreno mismo de los hechos...
Quien no trabaja sobre sí mismo es siempre víctima de las circunstancias; es como mísero leño entre las aguas tormentosas del océano...
Los acontecimientos cambian incesantemente en sus múltiples combinaciones; vienen uno tras otro en oleadas, son influencias...
Ciertamente existen buenos y malos acontecimientos; algunos eventos serán mejores o peores que otros...
Modificar ciertos eventos es posible; alterar resultados, modificar situaciones, etc., está ciertamente dentro del número de las posibilidades.
Empero existen situaciones de hecho que de verdad no pueden ser alteradas; en estos últimos casos deben aceptarse conscientemente, aunque algunas resulten muy peligrosas y hasta dolorosas...
Incuestionablemente el dolor desaparece cuando no nos identificamos con el problema que se ha presentado...
Debemos considerar la vida como una serie sucesiva de Estados interiores; una historia auténtica de nuestra vida en particular está formada por todos esos estados...
Al revisar la totalidad de nuestra propia existencia, podemos verificar por sí mismos en forma directa, que muchas situaciones desagradables fueron posibles gracias a estados interiores equivocados...
Alejandro Magno aunque siempre fue temperante por naturaleza, se entregó por orgullo a los excesos que le produjeron la muerte...
Francisco I murió a causa de un sucio y abominable adulterio, que muy bien recuerda la historia todavía...
Cuando Marat fue asesinado por una monja perversa, se moría de soberbia y de envidia, se creía a sí mismo absolutamente justo...
Las damas del Parque de los Siervos incuestionablemente acabaron totalmente la vitalidad del espantoso fornicario llamado Luis XV.
Muchas son las gentes que mueren por ambición, ira o celos, esto lo saben muy bien los Psicólogos...
En cuanto nuestra voluntad se confirma irrevocablemente en una tendencia absurda, nos convertimos en candidatos para el panteón o cementerio...
Otelo debido a los celos se convirtió en asesino y la cárcel está llena de equivocados sinceros...